Corrosión en equipos de refrigeración: el daño que llega después del fuego

Corrosión en equipos de refrigeración: el daño que llega después del fuego

Hay una escena que se repite en las instalaciones de Ponent que han tenido fuego. El día del siniestro todo arranca: el compresor tira, el ventilador gira, el cuadro responde y el técnico da el visto bueno. Cinco semanas después empiezan los fallos y, para entonces, el expediente con la aseguradora suele estar cerrado. Ese retraso no es mala suerte: es química, es previsible y se puede documentar desde el primer día.

El fuego se apaga en horas; la corrosión trabaja durante semanas.

Qué deja realmente una combustión con plásticos

Cuando arden film, cajas de campo, aislamiento, espumas o cableado, la combustión libera compuestos que al depositarse forman sales de carácter ácido y muy higroscópicas. Higroscópicas significa que capturan humedad del aire de forma continua. Ese microambiente húmedo y ácido sobre una superficie metálica es exactamente la receta de la corrosión electroquímica. No hace falta que llueva dentro ni que el equipo se haya mojado en la extinción: basta con el aire de la sala y con el paso de los días.

El depósito ácido fabrica su propia humedad sobre el metal.

Por qué una instalación de frío es el peor escenario posible

Porque reúne todas las condiciones adversas a la vez. El evaporador trabaja frío, y una superficie fría condensa la humedad del aire encima justo donde está el depósito. El aire circula de forma forzada y arrastra el residuo hasta el interior del intercambiador, entre aletas separadas milímetros donde no llega ningún paño. Y los materiales implicados —aluminio en las aletas, cobre en los tubos, acero en el bastidor— son precisamente los que peor toleran un ataque ácido. Un evaporador contaminado es una bomba de relojería silenciosa.

Frío, humedad y aletas juntas son el peor sitio para un residuo ácido.

El orden en que aparecen las averías

Es bastante predecible. Primero se degradan las superficies de cobre y latón sin protección: terminales, bornes, conexiones y tubería vista. Después el aluminio de las aletas, que pierde sección y capacidad de intercambio, y el acero desnudo de bastidores y guías. En la parte eléctrica el problema se concentra en contactores, relés, sondas y en las pistas de las placas de control, donde una capa microscópica basta para provocar fallos intermitentes antes del fallo definitivo. En los variadores, la avería suele llegar sin aviso previo.

Primero fallan los contactos; el compresor suele ser el último.

Por qué el equipo funcionaba el primer día

Porque la corrosión necesita tiempo y humedad acumulada. La capa depositada es finísima y al principio no interrumpe la conducción ni el intercambio: simplemente empieza a trabajar. A medida que absorbe humedad, la reacción avanza, sube la resistencia de contacto, aparecen calentamientos locales y microcortes, y el rendimiento del intercambiador cae poco a poco. Ese comportamiento explica por qué tanta gente da por bueno un equipo que en realidad ya estaba dañado desde el primer minuto, solo que de forma invisible.

Que arranque no significa que haya salido indemne.

Lo que empeora el pronóstico

Tres factores acortan mucho los plazos. Uno, la presencia de cloro en la combustión, típica del PVC y de bastantes plásticos de embalaje, que hace el depósito notablemente más agresivo. Dos, el agua de extinción no retirada, que mantiene la humedad ambiental alta durante días. Y tres, el arranque inmediato de la instalación sin haber limpiado: al poner el aire en movimiento, el residuo que estaba depositado en un punto se redistribuye por todo el circuito y contamina zonas que estaban limpias. Reanudar sin tratar es multiplicar el alcance.

Arrancar antes de limpiar reparte el problema por toda la instalación.

Cómo se mide y cómo se deja documentado

La evaluación combina inspección visual con lupa en los puntos sensibles, comprobación del carácter ácido del depósito, apertura de cuadros y registro fotográfico con ubicación exacta de cada elemento afectado. Todo eso se recoge en el informe con una distinción que resulta clave: daño ya constatado frente a riesgo cierto de fallo diferido. Sin esa segunda categoría, la sustitución de una placa o de un motor que se estropea al mes siguiente difícilmente entra en el expediente, porque nadie podrá relacionarla con el incendio.

Documentar el riesgo diferido es lo que permite reclamarlo más tarde.

Qué se estabiliza y qué conviene sustituir

Conviene asumir pronto que no todo vuelve. Una pieza metálica maciza con residuo únicamente en la cara exterior admite limpieza y neutralización sin mayor problema. Un cuadro o una regleta se recuperan cuando se llega a tiempo y el ataque apenas ha empezado. Los intercambiadores aguantan una limpieza técnica profunda siempre que se pueda acceder al paquete de aletas. En cambio, una placa con corrosión ya visible en pistas o en conectores casi nunca justifica el intento dentro de una instalación productiva: una parada en plena campaña cuesta bastante más que la pieza nueva. Cada una de esas decisiones tendría que ir razonada por escrito.

Recuperar una placa atacada sale caro cuando vuelve a fallar en campaña.

Los plazos importan más de lo que parece

La lista de piezas salvables se alarga o se acorta según cuándo se neutralice el residuo. Actuando dentro de la primera semana, la reacción se detiene antes de haber penetrado en el material; pasado un mes, lo habitual es que ya no quede otra salida que reponer la pieza. De ahí que insistamos en peritar cuanto antes aunque el daño a la vista parezca menor: no es cuestión de correr, es que el plazo durante el cual un equipo todavía se recupera resulta bastante más corto que el plazo durante el cual se ve sucio.

Cada semana mueve elementos de la lista de tratables a la de sustituibles.

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