Hollín en una central hortofrutícola: cómo se retira sin contaminar más

Hollín en una central hortofrutícola: cómo se retira sin contaminar más

Limpiar el hollín en un espacio donde se manipula alimento no se parece a limpiarlo en un salón. Hay superficies en contacto con producto, hay líneas con partes que no se pueden mojar, hay drenajes, hay cámaras que redistribuyen todo lo que se levanta y hay una vuelta a producción con requisitos que no admiten aproximaciones. Estas son las reglas de trabajo que aplicamos en una central de confección después de un incendio.

En una central, limpiar mal no deja suciedad: deja un problema nuevo.

Primero identificar el residuo, siempre

El depósito de una central no suele ser homogéneo. En la zona de palés y cartón el residuo es seco y pulverulento, procedente de material celulósico. En la zona de envasado y film, y en cualquier punto donde haya ardido plástico o cableado, el residuo es ácido y clorado. Y si el foco estuvo en un office, en una zona de comedor o en un motor con lubricante, aparece una fracción grasa. Aplicar un único método a toda la nave garantiza que en alguna zona se haga exactamente lo contrario de lo que tocaba.

En una misma nave conviven tres residuos con tres tratamientos distintos.

La regla de oro: de arriba abajo y de limpio a sucio

El orden físico del trabajo importa tanto como el producto que se emplea. Se empieza siempre por la cota más alta —cubierta, estructura, canalizaciones, luminarias— y se baja progresivamente, porque todo lo que se desprende arriba acaba abajo. Y se avanza desde las zonas menos afectadas hacia las más afectadas, no al revés, para no arrastrar residuo a superficies que ya estaban limpias con las botas, con las mangueras o con el propio movimiento del aire. Invertir ese orden obliga a repetir zonas enteras.

Empezar por la zona negra obliga a limpiar dos veces lo demás.

Sectorizar antes de tocar nada

Antes de empezar se aíslan las zonas limpias con barreras físicas y se define un recorrido de entrada y salida de material y de personal. En instalaciones alimentarias esto no es una formalidad: la mayor parte de la contaminación cruzada que vemos no la produce el incendio, la produce la limpieza mal organizada, con equipos que entran y salen sin control por la zona de manipulado. También se paran ventilación y climatización, porque poner el aire en movimiento durante la limpieza es la forma más eficaz de repartir partículas por toda la nave.

La contaminación cruzada suele venir de la limpieza, no del fuego.

Retirada en seco de la mayor parte del depósito

El grueso del residuo se retira en seco: aspiración con filtración de partículas de alta eficiencia y esponja química de caucho sobre superficies. Esto no es una preferencia estética, es la única forma de no convertir un depósito seco en una pasta que penetra en el poro. Solo cuando la superficie está desnuda tiene sentido plantear cualquier tratamiento húmedo, y siempre por zonas acotadas. La manguera a presión, que es el impulso natural en una nave grande, es justo lo que más daño hace en esta fase.

La manguera a presión es el peor primer gesto en una nave con hollín.

Superficies en contacto y puntos ciegos

Una vez retirado el grueso, el trabajo se concentra en lo que de verdad condiciona la vuelta a producción: mesas, cintas, rodillos, cangilones, tolvas, guías, canaletas, sumideros y desagües. Son los puntos donde el residuo se acumula, donde el agua de limpieza lo arrastra y donde después queda retenido. También lo son las juntas de puertas, los falsos techos y las uniones de panel, que son puntos ciegos clásicos donde el olor se instala y desde donde vuelve semanas más tarde con la instalación ya en marcha.

El olor que vuelve casi siempre estaba escondido en una junta.

El agua de limpieza también hay que gestionarla

En una limpieza post-incendio de cierta escala se generan efluentes cargados de partículas y de residuo químico, y en una instalación alimentaria eso no puede ir sin más al desagüe general. Se recogen, se decantan y se gestionan según corresponda, y se protegen los sumideros de las zonas donde todavía no se ha intervenido. Es una parte del trabajo que casi nadie menciona en un presupuesto y que, si se hace mal, deja un problema latente en la red de saneamiento de la propia nave.

Un sumidero mal protegido guarda el problema para más adelante.

Verificación antes de reanudar

La instalación no se da por entregada porque se vea limpia. Antes de reanudar se comprueba el estado de las superficies en contacto, se verifica que no queda residuo en puntos ciegos y se confirma que el olor no reaparece al cerrar los espacios unas horas. Cuando la instalación tiene sus propios protocolos de verificación, se coordinan con ellos: no tiene ningún sentido que una empresa externa dé por bueno un espacio que después el responsable de calidad tiene que volver a validar por su cuenta.

Visualmente limpio y técnicamente apto no son lo mismo.

El error más caro que vemos

Con diferencia, arrancar la instalación antes de limpiar para «ver si todo funciona». El movimiento de aire redistribuye el residuo por conductos, cámaras y líneas, contamina zonas que no lo estaban y mete depósito en intercambiadores que hasta ese momento estaban limpios. Cuesta un par de horas de tranquilidad y multiplica el alcance del trabajo por dos o por tres. Si hay que comprobar equipos, se comprueban de forma controlada y por partes, no poniendo toda la nave en marcha a la vez.

Arrancar para comprobar es la comprobación más cara que existe.

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